Un encantador de serpientes, entre el tango y su perfil de rockero reventado

Daniel Melingo volvió a Rosario con un recital sin fisuras. Genialidades de un artista que supo reiventarse a partir de milongas reas y filosas.

Melingo, histriónico como pocos, sabe de qué se trata un escenario.

Por José L. Cavazza / La Capital

Imagínense un Alfredo Alcón clarinetista de conservatorio que muta a músico de rock bastante reventado y que luego converge en cantor arrabalero. O mejor piensen en un clown tragicómico como todo clown, entre lumpen y refinado, tierno y hosco a la vez, cuasi personaje shakespeareano, o imaginen un Tom Waits nacido en el conurbano… Sensaciones que quedan tras disfrutar a Daniel Melingo, montado al escenario de un teatro Lavardén casi lleno, dueño de la escena desde el primer minuto hasta el último, dominador del show como un encantador de serpientes.╠

Un Melingo al que se le iluminó la mente en aquel disco “Tangos bajos” de 1998, con el que empezó a sacar a la luz una cabezota que rebalsaba de oscura resaca de los 90, intoxicado como pocos y reiventándose desde la milonga, con tangos guitarreros y reos, gracias a los cuales, y poco a poco, encontró la mejor rehabilitación, la que se logra a partir de la música y del reconocimiento del público, ese público que tantas veces le fue esquivo en su escabroso camino. Así, Melingo cantó otra vez en Rosario, después de seis años y tras haber girado exitosamente por Europa.

Al comienzo fue un largo set de tangos “bajos” y arrabaleros, tácitos homenajes al lunfardo, a Edmundo Rivero y a Carlos de la Púa, disfrutados tanto por los cincuentones de las primeras filas de la platea como por la barra propia del ex Twist, alegre y gritona en la tertulia. Títulos desde “Garrapatea” hasta “La novia” pasando por el gran “Leonel”, entre otros, cantados por su voz aguardentosa y cuando no dirigiendo a sus músicos como si fuera el mismísimo D’Arienzo. Se sabe, los trajes con olor a naftalina se los probaron varios rockeros y a ninguno le pintó bien. Melingo, en cambio, canta el tango de un modo tan convincente que cualquiera podría llegar a pensar que nació a inicio del siglo XX. El final del show también fue a pura milonga con dos éxitos del ex Abuelos de la Nada más tanguero: “Narigón” y “Ayer”. ╠

El segmento del medio —desde su versión de “Volver a los 17” de Violeta Parra— fue una prueba de que Melingo sigue apoyándose en el mismo universo, pero también dejó evidencia de que el espectro estilístico se amplió: la libertad del músico ahora es total y sin frontera. “La canción del linyera” el foxtrot anarquista de Antonio Tormo juntada con el “De nada sirve” de Moris que cantó sobre el final de la noche quizá sea el mejor ejemplo. Aunque el temazo del show fue “Juan Salvo”, con clarinete jazzeado a cargo de Melingo, incluido.

El mérito de Melingo es el de convertirse en el centro único de atención de la sala, una especie de domador implacable de plateístas, de hipnotizador. Musicazo y sobre todo, actorazo. El resto del mérito es de la banda, un sexteto acústico, ensamble perfecto para la naturaleza actual de Melingo, un acompañamiento de contrabajo, guitarras, bandoneón, trompeta con sordina, piano eléctrico, sampler y hasta un laud árabe. Los tangueros rosarinos presentes se deben haber llevado la sorpresa de sus vidas. Seguramente.