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Jueves, 13 de diciembre de 201201:00

“Tenemos la marca de los punks viejos”

 

El derrotero musical de Sergio Rotman se parece mucho a una montaña rusa: de aquel primer ska de los Fabulosos Cadillacs pasó al rock crudo de Cienfuegos, y de ahí a los ritmos…

 

El líder del grupo, Sergio Rotman, contó cómo se formó el combo que ya es considerado “de culto”.

Por Carolina Taffoni / La Capital

El derrotero musical de Sergio Rotman se parece mucho a una montaña rusa: de aquel primer ska de los Fabulosos Cadillacs pasó al rock crudo de Cienfuegos, y de ahí a los ritmos centroamericanos de Mimi Maura. Rotman fue (y es) protagonista de estos grupos, pero su constante búsqueda lo llevó a una nueva aventura. Su última encarnación se llama El Siempreterno, una banda que trae de vuelta los ecos más oscuros del post punk y que se presentará hoy, a las 22, en Willie Dixon, Suipacha y Güemes.

El Siempreterno comenzó casi como un experimento, pero ya suma dos discos y un status de “banda de culto”. La formación del grupo no es un dato menor: a Rotman (voz y guitarra) se suman su mujer, la vocalista Midnerley “Mimi” Acevedo, el guitarrista Ariel Minimal (Fabulosos Cadillacs y líder de Pez), el baterista Fernando Ricciardi (otro Cadillac y ex Cienfuegos) y el bajista Alvaro “Ruso” Sánchez. Su disco debut, que salió en 2010, sorprendió a la crítica, y el segundo, “Hacia el mar de carbón”, editado este año, los terminó de confirmar como uno de los números en vivo más potentes del rock argentino.

En charla con Escenario, Sergio Rotman aseguró que “el lado oscuro del rock puede ser divertido” y dijo que no piensa “ablandar” sus proyectos para hacerlos compatibles con el resto del mundo. También habló de un nuevo regreso de los Fabulosos Cadillacs.

—¿Cuál fue el disparador para formar El Siempreterno?

—Con El Siempreterno no existió en principio la intención de armar un grupo. No es la típica historia de un par de amigos que se juntan a tocar. Yo tenía una banda, Cienfuegos, y por circunstancias de la vida dejamos de tocar. De ahí me quedaron unas canciones que estaban como huérfanas, y yo decidí grabar esos temas. A partir de esa situación, de intentar continuar algo que había quedado trunco, fue que se armaron las bases del primer disco de El Siempreterno. La intención era grabar con varios guitarristas. El primer guitarrista que grabó fue Ariel Minimal. Y lo que pensábamos que iba a ser una canción terminó siendo un disco completo. Fue una experiencia buenísima. Después hicimos un puñado de shows y salieron muy bien. Nuestros shows son esporádicos porque con Mimi vivimos en Puerto Rico, y porque Ariel tiene sus propios proyectos. Pero igual empezamos a sentir que teníamos un grupo entre manos.

—El nombre de la banda tiene algo de gótico, de religioso, ¿qué lo inspiró?

—Cuando uno es rockero alucina nombres de bandas inexistentes. El nombre salió medio en broma, pero extrañamente coincidió con una canción de Pez, que en una parte habla de “el siempreterno”. De todas formas, no tiene un significado literal.

—Si tuvieras que identificar el ADN musical del grupo, ¿cuál sería?

—A nosotros nos influencia mucho cierta estética que se da entre 1979 y 1982 en Inglaterra, después de la explosión del punk, cuando los músicos que empezaron tocando tres acordes aprendieron a tocar dos o tres más, y la música se volvió un poco más compleja. Tenemos la marca de los punks viejos: personas demasiado pensantes como para quedarse con el punk cabeza. En definitiva esa es nuestra escuela, con la cual aprendimos a ser músicos y nos hemos identificado todos estos años.

—La banda tiene una estética oscura, desde las fotos hasta las tapas de los discos, ¿eso tiene que ver con las influencias?

— Tiene que ver con el mundo en que vivimos y dónde estamos parados ahora. Las cosas están mucho peor de lo que pensábamos. Y nosotros estamos tratando de ser la banda de sonido del desastre. Además, no nos parecía adecuado poner fotos del grupo en las tapas ni usar una estética clásica de rock and roll, porque eso no reproduce la esencia de la banda.

—El último disco, “Hacia el mar de carbón”, habla de la muerte, un tema muy denso. ¿Cómo lo manejaron?

—En realidad no hubo mucho doble sentido: en un período breve, en un mes y medio, se murió mi mamá, mis mejores amigos y un familiar muy cercano a Mimi. Nos pareció bien hablar del asunto sin demasiado prurito, sin miedo. También hubo un poco de exorcismo, pero nunca nos amedrentamos. A mí me parece que el lado oscuro del rock puede ser divertido, y se puede volver intenso, loco y fuerte. Es algo que inspira, y si uno es capaz de hacerlo con entereza y dignidad, ¿por qué no hablar de eso?

—Tu carrera es muy ecléctica, ¿pensás que eso desconcierta al público?

—Sí, pero no me importa. Yo hago lo que quiero. Un par de veces intenté hacer algo comercial, y el fracaso fue muy grande. No me pasó sólo a mí, le pasó a otros músicos de mi generación. Lo mejor es que te guste a vos y punto. En cuanto te empezás a preocupar por llegar a la gente lo más probable es que terminés en un fracaso. A mí me importa que me guste a mí. Y cuando le gusta a los demás es una excelente sorpresa. Yo no quiero ablandar mis proyectos para hacerlos compatibles con el resto del mundo. No creo que vaya a tener éxito con eso.

—¿Seguís escuchando a David Bowie y a los Pixies o tus gustos cambiaron en los últimos años?

—Yo escucho la misma música de porquería desde hace 25 años (risas). No logro que me guste ni la música electrónica ni el nü metal ni nada de eso. Me encantaría que me gustaran los grupos nuevos, pero no me gustan. Me siguen gustando “Hunky Dory” y los discos de Neil Young. Yo le presto oído a los grupos nuevos y lo hago con cariño, pero soy un viejo rocanrrolero, qué le voy a hacer. La verdad es que no entiendo el siglo XXI. La relación actual con la industria musical me parece rarísima.

—Además es una época difícil para editar discos…

—Sí. Por eso yo edito mis propios discos. Lo manejamos de manera artesanal. Con Mimi hemos recibido millones de propuestas de sellos para grabar, pero como no queremos transar con ciertas cosas, como las agencias, las editoriales y todo eso que está alrededor de las bandas, preferimos hacer la nuestra. Nosotros pagamos los CDs, los llevamos a los shows y los vendemos. En los recitales estamos vendiendo muchos más discos de los que vendíamos en las disquerías.

—Los Cadillacs tocaron el viernes pasado en Chile. ¿Eso fue el comienzo de un regreso?

—Sí. Después de dos años y medio de no tocar tuvimos la propuesta de un promotor para hacer una serie de shows. El primero fue el de Chile. Además tenemos intenciones serias de grabar un disco nuevo en algún momento y de retomar nuestra vida cadilaquense. En realidad nosotros nunca paramos, lo que pasa es que hicimos 54 shows en un año y medio y después quisimos descansar. El disco se va a grabar, pero no tenemos muchas pautas. Esta no es una época para tener las cosas muy organizadas, porque después se va todo a la mierda en un segundo. El próximo show va a ser en marzo, en el festival Vive Latino de México, y después haremos cuatro recitales más en el transcurso del año.

—Después de toda tu experiencia en distintas bandas, ¿cómo ves la escena actual del rock argentino?

—Maravillosa, como siempre. Buenos Aires es la capital de rock and roll más grande del mundo. Hay más rock en Buenos Aires que en Nueva York o Londres. Es una escena supersana, con un circuito independiente perfecto. Creo que podría haber mejores bandas si el rock volviera un poquito para atrás en el tiempo y no fuera tan aceptado. Suena irónico pero es así. Cuando la escena está más apretada surge el talento.